"La mera violencia tiene un aliento escaso, golpea ciega y rabiosamente pero, falta de objetivos y corta de ideas, se desploma impotente tras súbitos estallidos. Incluso cuando contagia y exalta psicóticamente a grupos enteros, sólo provoca turbas incontroladas que se disuelven en cuanto se enfría la primera brasa.
(...) Todos los grandes conflictos violentos de la humanidad se deben menos al afán genético de violencia que a la existencia de alguna ideología que la desata contra otra parte de la humanidad. Es el fanatismo, este bastardo de espíritu y violencia, el que quiere imponer al universo entero la dictadura de una manera, la propia, de pensar como la única fe y la única forma de vida permitidas, con lo que divide la comunidad humana en enemigos y amigos, partidarios y adversarios, héroes y criminales, creyentes o herejes. Al reconocer solo su sistema y admitir solo su verdad, el fanatismo tiene que hacer uso de la violencia para reprimir cualquier manifestación de diversidad, una diversidad fruto de la voluntad de Dios. No son la represión violenta de la libertad de espíritu y de opinión, la Inquisición y la censura, la hoguera y el patíbulo lo que ha traído la violencia al mundo, sino el fanatismo inflexible, este genio dela parcialidad y enemigo jurado de la universalidad, este prisionero de una sola idea que siempre intenta arrastrar al mundo entero a su prisión y encerrarlo en ella"
Zweig, Stefan (1938, cito per 2005). Erasmo de Rotterdam. Triunfo y tragedia de un humanista. Barcelona: Paidós p. 101,102